Shinzo Abe , quien murió este viernes tras sufrir un ataque con arma de fuego durante un acto de campaña, marcó profundamente la vida política de Japón y batió récords como el primer ministro que más años estuvo al frente de su país, resistiendo a varios escándalos políticos y financieros. Abe fue primer ministro de Japón de manera ininterrumpida desde 2012 y hasta el 28 de agosto de 2020, cuando anunció que dimitiría por colitis ulcerativa, una enfermedad intestinal inflamatoria crónica.

Así fue el ataque a Shinzo Abe, el exprimer ministro de Japón

Casi dos años después de su retiro como primer ministro, Abe, de 67 años, murió en el hospital de Kashihara horas después de recibir un disparo en el pecho durante un mitin electoral en plena calle en Nara, en el oeste de Japón. Abe se hizo conocido en el mundo gracias a su política de recuperación económica conocida como abenomics.

El origen de Shinzo Abe Nacido el 21 de septiembre de 1954 en la prefectura de Yamaguchi, al sudoeste de Japón, Abe llevaba la política en las venas. Su abuelo fue el ambicioso e imperialista primer ministro Nobusuke Kishi, detenido como criminal de guerra tras la Segunda Guerra Mundial, aunque luego exculpado. Su padre, Shintaro Abe, fue ministro de Asuntos Exteriores en los gobiernos del carismático Yasuhiro Nakasone en los años 80. Otra figura familiar eminente es su tío abuelo y Nobel de la Paz Eisaku Sato, uno de los jefes del Ejecutivo más duraderos del país (1964-1972). Abe lo superó para erigirse como el primer ministro más tiempo ininterrumpido en el cargo apenas cuatro días antes de dimitir en 2020. La trayectoria política de Abe Licenciado en Ciencias Políticas en 1977 por la Universidad Seikei de Tokio, Abe completó sus estudios en la Universidad del Sur de California (USC) antes de integrarse en el mundo laboral en 1979 en la siderúrgica Kobe Steel. Los «abenomics», el principal legado de Abe

Tres años más tarde se inició en la política como asesor de su padre, quien poco después asumió la cartera de Exteriores, pero no fue sino hasta 1993 cuando obtuvo un escaño de diputado del Partido Liberal Democrático (PLD) por la provincia de Yamaguchi. Esta trayectoria se consolidó en 2003 con su nombramiento como secretario general de su partido, un cargo que compaginó con el de portavoz del Gabinete de Junichiro Koizumi, al que sucedería en 2006 como primer ministro.

Un primer mandato turbulento Abe tenía 52 años cuando asumió como primer ministro, la persona más joven en ocupar el cargo y la primera nacida después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Era considerado un símbolo de cambio y juventud, pero también aportaba el pedigrí de un político de tercera generación, preparado desde muy joven para ejercer el poder en el seno de una familia conservadora de élite. Su primer periodo fue turbulento, acosado por escándalos y disputas, y terminó con su abrupta renuncia un año después. Inicialmente dijo que dimitía por motivos políticos pero, posteriormente, admitió que sufría de un problema de salud. Fue la primera vez que la colitis ulcerosa lo obligó a renunciar. La dolencia requirió meses de tratamiento, y la superó gracias a un nuevo medicamento, según reconoció el propio Abe.

Se postuló nuevamente, y volvió a la jefatura de gobierno como un salvador en diciembre de 2012. Con ello puso fin a un periodo turbulento en el que los primeros ministros se sucedían a un ritmo de hasta uno por año. Golpeado por los efectos del tsunami en 2011 y el posterior desastre nuclear de Fukushima, Japón encontró en Abe una mano confiable. Abe se hizo conocer en el extranjero por su estrategia de reactivación económica, conocida como los abenomics , lanzada a partir de 2012, en la que mezclaba flexibilización monetaria, masiva reactivación presupuestaria y reformas estructurales. Registró algunos logros, como un alza de la tasa de actividad de las mujeres y las personas de mayor edad. También recurrió de manera más importante a la inmigración para enfrentar la escasez de mano de obra. Sin embargo, a falta de reformas realmente ambiciosas, este programa solo tuvo éxitos parciales, hoy en día claramente eclipsados por la crisis económica causada por la pandemia del coronavirus. Abe, a menudo salpicado por escándalos que afectaban su entorno, supo aprovechar acontecimientos externos —disparos de misiles norcoreanos, catástrofes naturales— para desviar la atención y presentarse como jefe indispensable ante la adversidad. Su capacidad para resistir en el poder pese a verse salpicado por varios escándalos le valieron el apodo de «Teflón Abe».

El salvador de los Juegos Olímpicos Tokio 2020

La gran ambición de Abe era revisar la Constitución pacifista japonesa de 1947, escrita por el ocupante estadounidense, y jamás enmendada desde entonces. Como Abe ha construido su reputación sobre su firmeza ante Corea del Norte, deseaba que se admitiera constitucionalmente la existencia de un ejército nacional en lugar de las actuales «Fuerzas de autodefensa» japonesas. Y ello pese a que la Constitución estipula que Japón renuncia para siempre a la guerra. Este conservador explicó que quiere un Japón capaz de defenderse militarmente sin arrastrar indefinidamente la carga del arrepentimiento frente a China y Corea del Sur, dos países que estuvieron ocupados por tropas niponas. Abe no solo fue el primer ministro de Japón que logró que Tokio se convirtiera en sede de los juegos por segunda ocasión, también fue quien rescató la realización de la justa deportiva, en riesgo por la pandemia y con un año de retraso. Abe protagonizó toda la trayectoria del proyecto olímpico de Tokio: desde su victoria en 2013, al ganar la sede de los Juegos a Madrid y Estambul, hasta el aplazamiento forzado por la crisis sanitaria del COVID-19 en marzo de 2020. A medio camino, estuvo su inolvidable aparición en la ceremonia de clausura de Río 2016 disfrazado de Super Mario para recoger el testigo de los Juegos. Sin embargo no llegó a asistir a Tokio 2020 como primer ministro, pues dimitió casi un año antes de su realización.

Durante los primeros años de la organización de los Juegos, Abe tuvo que hacer frente a continuas polémicas protagonizadas por miembros del comité organizador, como el plagio del logo, el descarte del proyecto inicial del Estadio Olímpico y el escándalo de la compra de votos para ganar los Juegos. Frente a los cambios de dirigentes y de estrategia que implicaron estos problemas, el COI siempre halló en Abe un socio fiable, al que consideró el hilo conductor de un proyecto que debía desembocar en los mejores Juegos de la historia. Los Juegos se pospusieron un año, con el consiguiente coste económico para Japón. Su coste final, que se reveló hace apenas dos semanas, ascendió a los 1,42 billones de yenes, unos 12,310 millones de euros, cuando el precio calculado al ser Tokio elegida sede rondaba los 6,625 millones de euros. La cantidad se disparó debido principalmente al impacto de la pandemia, pero el gobierno de Abe cumplió con sus compromisos y siguió adelante con la organización. Con información de AFP y EFE

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Por BOSSK

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